
La demora en convocar la mesa tripartita eleva la presión sindical, mientras el alza del costo de vida golpea con fuerza el ingreso de los trabajadores.
El mensaje de los trabajadores es directo: la negociación del salario mínimo no puede seguir en pausa.
Dirigentes sindicales elevan la presión pública para que la Secretaría de Trabajo convoque de forma urgente a la mesa tripartita, el espacio legal donde Gobierno, trabajadores y empresa privada deben acordar los ajustes salariales.
Para las centrales obreras, la demora no es un asunto administrativo, sino una decisión que impacta de forma directa en los bolsillos de miles de familias que ya enfrentan precios elevados en alimentos, transporte y servicios básicos.
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Negociación del salario mínimo y vacío institucional
El proceso, que por ley debería instalarse con antelación al inicio del año, quedó atrapado entre el cierre de un gobierno y la llegada del siguiente.
Desde el sector trabajador se insiste en que el marco legal permite iniciar las conversaciones sin esperar el relevo oficial, evitando así un atraso que podría arrastrarse durante meses.
El ministro de Trabajo, Wilmer Fernández, justificó el retraso señalando que el país atravesó un proceso electoral marcado por la incertidumbre.
Explicó que los señalamientos de irregularidades y el ambiente de confrontación política tensionaron cualquier intento de instalar una mesa tripartita.
La ausencia de una convocatoria clara genera incertidumbre no solo entre los empleados, sino también en sectores productivos.
Inflación, salarios y la vida diaria del trabajador
Aunque los indicadores macroeconómicos muestran una inflación contenida, la realidad en los mercados cuenta otra historia.
El aumento sostenido en productos de la canasta básica erosiona el salario real y deja a muchos trabajadores con menos capacidad de compra.
Para los sindicatos, negociar el salario mínimo no es una exigencia política, sino una respuesta urgente a una economía que se encarece más rápido que los ingresos.
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Mesa tripartita: el punto de equilibrio que no llega
El sector empresarial, por su parte, ha mantenido una postura cautelosa: reconoce la necesidad del diálogo, pero espera una convocatoria formal que marque el inicio del proceso y establezca las reglas de la discusión.
Sin esa señal, Honduras permanece en un limbo laboral, donde nadie tiene claridad sobre montos, plazos ni eventuales ajustes retroactivos.
Si la mesa no se instala pronto, el debate salarial dejará de ser solo técnico y se convertirá en un nuevo foco de inconformidad nacional.
El salario mínimo no es una cifra en papel: es la línea que separa la subsistencia de la precariedad para miles de hogares hondureños.
La urgencia está planteada. Ahora, la decisión está en manos del Gobierno.