Alias “Mamalicha”, pasó de abrir rutas clandestinas a acumular capturas sin consecuencias, hasta convertirse en una figura temida en Copán.
Hubo un tiempo en que la frontera hondureña no era solo una línea que separaba países, sino un territorio donde se construían poderes paralelos. En ese escenario, el nombre de Fredy Armando Leiva terminó siendo reemplazado por un alias que lo decía todo: “Mamalicha”.
El apodo, heredado de una panadería familiar en San Pedro Sula, no anticipó el peso que llegaría a tener en Copán, donde durante años su figura se movió entre el contrabando, la violencia y una capacidad persistente para salir ileso de un sistema judicial que nunca logró detenerlo de forma definitiva.
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“Mamalicha” y las trochas que abrieron el negocio en la frontera
Su historia tomó forma en la década de los ochenta, cuando, según informaron autoridades, lo reclutó un coronel vinculado con el contrabando de café y otros productos.
Esto lo llevó a instalarse en Santa Rosa de Copán y a operar en la zona de El Florido, un punto estratégico para el movimiento ilegal entre Honduras y Guatemala.
Leiva no fue un actor secundario dentro de esa dinámica, porque a él se le atribuye la apertura de trochas en bosques vírgenes que facilitaron el traslado de ganado, vehículos y mercancías.
Eran rutas no figuraban en registros oficiales, pero que se convirtieron en piezas clave de una red clandestina que se fortalecía con cada operación.
Ese fue el punto donde comenzó a consolidar poder.

Un expediente lleno y una justicia que no lo frenó
Con el paso de los años, su nombre empezó a repetirse en expedientes policiales por robo de vehículos, tenencia ilegal de armas y otros delitos.
De ese modo, “Mamalicha” acumuló detenciones que no lograron romper su trayectoria ni limitar su influencia.
En 2008, tras un juicio oral y público, lo declararon culpable por tenencia ilegal de armas.
Ese fue un fallo que parecía marcar un antes y un después, pero que terminó diluyéndose cuando dictámenes forenses señalaron que padecía una enfermedad terminal, lo que le permitió recibir medidas distintas a la prisión.
No era la primera vez que salía libre, pero sí una de las más evidentes en las que la justicia quedó corta.
Violencia directa y una muerte que ya lo había rondado
Su historial también lo marcó la violencia, como el asesinato de dos personas en La Entrada, Copán, delito por el que lo capturaron y enviaron a prisión en 2007.
Así se reforzó la percepción de que su figura no solo operó en la sombra del contrabando, sino también en escenarios de violencia directa.
En diciembre de 2010, su nombre volvió a circular con fuerza cuando se informó que lo asesinaron en Guatemala, aunque quienes aparecieron muertos fueron tres de sus guardaespaldas.
Esa versión se mantuvo durante días, pero que terminó siendo falsa, lo que alimentó aún más la imagen de un hombre que parecía esquivar incluso su propia muerte.

La finca y la ilusión de una retirada
Meses antes de su asesinato, Leiva se instaló en una finca en La Estanzuela, Copán Ruinas, donde el entorno contrastaba con su pasado.
En el ingreso a la propiedad tenía un portón adornado por una herradura y dos caballos, jardines cuidados, cabañas y hamacas que proyectaban tranquilidad.
La escena sugería una pausa, tal vez un intento de alejarse, pero en su historia la calma nunca fue definitiva, sino apenas un intervalo antes del desenlace.
El ataque que cerró la historia
El 25 de marzo de 2011, en el barrio El Dorado de La Entrada, Copán, su recorrido terminó de forma violenta cuando se conducía en un vehículo con placas guatemaltecas.
Lo interceptó otro automóvil desde el cual le dispararon directamente. Los atacantes actuaron con precisión, sin advertencias, dejando herido a su acompañante, quien fue trasladado a un centro asistencial.
“Mamalicha” murió en el lugar, sin posibilidad de escapar como lo había hecho durante años.
El rastro que quedó en la frontera
Su muerte no cerró del todo la historia, porque en Copán su nombre sigue apareciendo en relatos que mezclan temor y memoria, especialmente entre quienes vivieron esa época donde la frontera era un espacio de oportunidades ilegales y control difuso.
A “Mamalicha” lo detuvieron en múltiples ocasiones, señalado por distintos delitos y vinculado a hechos violentos.
Pero también fue una figura que entendió cómo operar en los vacíos del sistema, construyendo poder en un territorio donde la institucionalidad no siempre imponía sus reglas.
Lo que dejó no fue una versión única, sino un rastro que explica cómo algunos hombres lograron crecer entre trochas, armas y poder… hasta que esa misma lógica terminó alcanzándolos.
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