La coca ya no llega en lanchas, ahora es cultivada en Honduras

La coca ya no llega en lanchas, ahora es cultivada en Honduras

Más de 450 mil arbustos asegurados en lo que va de 2026 reflejan que el narco dejó de depender solo del tránsito.

Durante años Honduras fue vista como un puente para la cocaína que viajaba desde Sudamérica rumbo a Estados Unidos. Lanchas rápidas, pistas clandestinas y cargamentos ocultos dominaron el relato del narcotráfico y la coca.

Pero algo cambió silenciosamente en regiones como Colón: ahora la droga también se cultiva.

El hallazgo de una plantación con más de 20 mil arbustos de supuesta coca en la aldea Quebrada del Diablo, en Iriona, no solo representa otro aseguramiento militar.

Detrás del operativo aparece una transformación más profunda y peligrosa: el narcotráfico ya no solo mueve cocaína por Honduras, ahora busca producirla dentro del territorio nacional.

La extensión localizada —unas cuatro manzanas de tierra— confirma que estos cultivos de coca dejaron de ser experimentales.

Requieren logística, financiamiento, protección armada, control territorial y mano de obra permanente.

No es una siembra improvisada en medio de la montaña, es una economía criminal que empieza a echar raíces.

Colón y la expansión de la coca en Honduras

Colón es una de las zonas donde las estructuras criminales encontraron condiciones ideales para expandir cultivos ilícitos:.

Son áreas remotas, acceso a rutas marítimas, débil presencia estatal y territorios históricamente golpeados por conflictos agrarios y violencia.

Las cifras revelan la dimensión del fenómeno. Solo en 2026, las autoridades reportan más de 25 plantaciones aseguradas y más de 450 mil arbustos de hoja de coca destruidos o localizados en distintas regiones del país.

También se intervinieron ocho instalaciones artesanales usadas para procesar droga y manipular precursores químicos.

El nuevo modelo del narco: controlar tierra y comunidades

El avance de los cultivos ilícitos también refleja un cambio estratégico de las organizaciones criminales.

Ya no basta con mover cargamentos, el negocio ahora apunta a dominar territorios completos.

En varias zonas del Caribe hondureño, el narcotráfico encontró en tierras aisladas una oportunidad para instalar economías paralelas donde el Estado llega tarde o simplemente no llega.

Allí, los grupos criminales no solo trafican droga: controlan caminos, financian actividades, generan miedo y en algunos casos sustituyen la autoridad local.

La expansión de la coca modifica incluso la dinámica social de las comunidades, hay algunas familias involucradas como jornaleros, vigilantes o transportistas.

Las personas son atraídas por ingresos rápidos en regiones marcadas por pobreza y abandono estatal.

Ese es uno de los mayores riesgos del avance de estos cultivos: el narco deja de ser una estructura lejana y se convierte en parte de la vida cotidiana de comunidades enteras.

Honduras frente a una amenaza que cambia de rostro

El hallazgo en Iriona ocurre en un momento donde las autoridades sostienen operaciones constantes contra plantaciones y laboratorios artesanales.

Sin embargo, mientras las fuerzas de seguridad destruyen plantaciones, las estructuras criminales se adaptan y mueven hacia nuevas áreas.

De esa manera perfeccionan sus métodos para mantener viva una industria ilícita que ya no depende únicamente de carteles extranjeros.

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