Glenys tenía 27 años, tres hijos y un pequeño negocio. Su asesinato quedó impune, como cientos más en el país.
Glenys Ramírez creyó que separarse era suficiente. Que alejarse del hombre que la golpeaba era una forma de protegerse. Que empezar de nuevo, sola, con sus hijos, era un acto de valentía.
Pero en Honduras, muchas veces, huir no basta. A sus 27 años, Glenys vivía en una colonia marginal de Choloma con sus tres pequeños.
Había dejado atrás una relación marcada por los golpes y el miedo. Nunca denunció. Como tantas mujeres, prefirió el silencio antes que exponerse a represalias.
Con el dinero que su padre le enviaba desde Estados Unidos, se mudó a casa de una tía y levantó una pequeña pollera en el patio. Era modesta, pero le daba algo invaluable: independencia.
Por primera vez, sentía que podía sostener a su familia sin depender de nadie.
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Glenys, violencia y un control que la dominó
La separación con Claros, el que fue su marido, no puso fin a la violencia. Su expareja seguía apareciendo con frecuencia.
Llegaba a la colonia Infop con la excusa de visitar a los niños, pedía dinero, hacía reclamos, vigilaba sus movimientos y reaccionaba con celos cuando Glenys intentó rehacer su vida.
La noche del sábado 29 de noviembre de 2016, volvió a llegar. Glenys se estaba preparando para ir a una fiesta. Él se molestó. Le exigió que no saliera. La amenazó. Intentó imponer su control una vez más.
Ella se negó. Decidió irse. Salió de su casa sin imaginar que era la última vez.
Un crimen ejecutado con frialdad
A la mañana siguiente, cuando su tía fue a buscarla en el cuarto de Claros, él respondió con frialdad: “Yo le dije que si iba a la fiesta la mataría”.
Glenys no apareció el domingo 30 de noviembre, ni el lunes 1 de diciembre de 2016. Su familia comenzó a buscarla en hospitales, calles y barrios cercanos. Nadie sabía nada.
Hasta que, en la madrugada del martes 2 de diciembre de 2016, recibieron la noticia: habían encontrado un cuerpo dentro de un saco. Era ella.
Según relataría después el homicida, el día en que la tía llegó a preguntar por Glenys, el cuerpo estaba escondido debajo de la cama.

Impunidad en femicidios: el miedo que sepulta la justicia
Ese 2 de diciembre de 2016, ningún familiar fue a la morgue. Tenían miedo. No hubo velatorio. No hubo despedida pública. Solo un entierro rápido al día siguiente, en silencio, sin justicia y sin protección.
Testigos afirmaron haber visto al agresor deshacerse del cuerpo. Había versiones claras. Había indicios. Había responsabilidad. Pero el expediente nunca llegó a los tribunales.
Por temor a represalias, la familia no presentó una denuncia formal. No confiaron en que el Estado pudiera protegerlos. Prefirieron guardar silencio para seguir con vida.
Hoy, casi diez años después, el caso sigue sin judicialización. El responsable continúa libre. Los tres hijos de Glenys viven con sus abuelos en Olancho, creciendo sin su madre y sin respuestas.
Su tía lo resume con una frase dolorosa: “El asesino anda libre”.
Femicidios en Honduras: violencia estructural y abandono institucional
Glenys no murió solo por la mano de su agresor. Murió también por un sistema que no la protegió. Por la falta de rutas seguras para denunciar.
En Honduras, muchas mujeres saben que denunciar puede ser más peligroso que guardar silencio. Y muchas familias entierran a sus hijas sin justicia para poder seguir respirando.
La violencia doméstica, cuando no se detiene, suele terminar en tragedia. Glenys lo vivió.
Su caso no es un caso archivado. No es un porcentaje en un informe. Era una madre que trabajaba para sus hijos. Una joven que quiso empezar de nuevo.
Su historia sigue abierta. Mientras su asesino siga libre, mientras sus hijos crezcan sin justicia, Honduras seguirá contando mujeres muertas.
Y cada nueva cifra será, en el fondo, otra Glenys que el país no supo proteger.
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