Advierten que el crimen se mete en barrios y dicta reglas propias

Migdonia Ayestas advierte que el control de maras, pandillas y bandas explica el repunte de homicidios y el cambio en dinámicas comunitarias.

El problema ya no es únicamente cuántos homicidios se registran, sino cómo el crimen manda en los territorios donde ocurren.

En Honduras, hay barrios donde la vida cotidiana empieza a girar alrededor de reglas no escritas, impuestas por estructuras criminales que se instalaron con una lógica silenciosa, pero profundamente efectiva.

La advertencia viene desde el Observatorio de la Violencia de la UNAH, donde su directora, Migdonia Ayestas, describe un fenómeno que va más allá de la estadística: colonias enteras donde el crimen no solo opera, sino que organiza, condiciona y redefine la convivencia.

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El crimen, los barrios y el control territorial

De acuerdo con Ayestas, el aumento de la violencia no puede entenderse sin mirar el control territorial que ejercen estas estructuras.

Maras, pandillas, carteles del narcotráfico y bandas criminales no actúan de forma aislada, sino que construyen presencia en espacios específicos donde logran imponer su dominio.

Ese dominio se traduce en decisiones cotidianas: quién puede circular, a qué hora, bajo qué condiciones y con qué riesgos.

No se trata únicamente de delitos visibles, sino de una red de control que regula la vida de quienes habitan esos sectores.

Las cifras acompañan la alerta. Según datos de la Asociación para una Sociedad Más Justa (ASJ), al menos 624 personas las asesinaron hasta el 10 de abril, lo que representa un incremento del 5 % en comparación con el mismo período anterior.

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Barrios donde las reglas cambian sin aviso

El avance del crimen en estos territorios no siempre se anuncia con violencia abierta, en muchos casos, comienza con señales que pasan desapercibidas.

Son rostros nuevos que vigilan, cambios en las dinámicas de comercio, silencios que reemplazan denuncias.

Con el tiempo, esas señales se consolidan en normas no escritas. Hay barrios donde los habitantes aprenden rápidamente qué decir, qué evitar y cómo moverse para no convertirse en un problema para quienes controlan el lugar.

En ese escenario, el miedo no siempre se expresa en gritos, sino en decisiones cotidianas que terminan moldeando la vida comunitaria.

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Una advertencia que apunta a la raíz del problema

Ayestas insiste en que este fenómeno no es reciente, se trata de un proceso que ganó terreno y que hoy se refleja con mayor claridad en el comportamiento de la violencia.

El control territorial permite a estas estructuras sostener otras actividades ilícitas, desde la extorsión hasta el narcomenudeo, mientras consolidan su influencia en zonas urbanas y periurbanas.

Por eso, la advertencia no se limita a describir el problema, sino a subrayar la necesidad de intervenir en esos espacios donde el crimen logró instalarse.

Porque cuando el crimen empieza a dictar reglas, la violencia se instala como norma y pasa a imponer su propia forma de vida.

Y en ese punto, lo que está en juego ya no es solo la seguridad, sino la capacidad de una comunidad para seguir siendo dueña de su propio destino.

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