
Fue llevado a una carretera secundaria, amarrado y ejecutado sin piedad. Diecisiete años después, el asesinato del subcomisionado Marco Tulio Reyes Chávez sigue sin culpables.
El cuerpo del subcomisionado Marco Tulio Reyes Chávez apareció abandonado a la orilla de una carretera, junto a su camioneta. No estaba ahí por casualidad. Lo llevaron hasta ese punto, reducido, atado de pies y manos, y ejecutado con varios disparos.
No hubo intento de robo, no hubo forcejeo, no hubo confusión: fue una ejecución. La escena habló por sí sola.
Casquillos de bala, señales claras de sometimiento y un silencio que, desde entonces, ha acompañado al caso durante 17 años.
Asesinato del subcomisionado, una ejecución, no un crimen común
Desde el primer momento, las autoridades descartaron el robo como móvil. El vehículo permanecía en el lugar, intacto.
Los objetos personales no habían sido sustraídos. Todo indicó que el subcomisionado fue interceptado, privado de su libertad y trasladado hasta el sitio donde le arrebataron la vida.
El hallazgo de un machete en la escena reforzó la hipótesis de que el crimen fue cometido con saña y planificación. Nada en ese escenario sugería improvisación.
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Un oficial con cargos estratégicos
Marco Tulio Reyes Chávez tenía 42 años y ocupaba puestos clave dentro de la Policía Nacional.
Era director de la Escuela de Suboficiales en Tegucigalpa y subdirector nacional de la Policía de Tránsito.
Su función no era menor: formó a nuevos policías y tenía incidencia directa en áreas sensibles de la institución.
Ese perfil encendió las alarmas. ¿Qué decisiones tomó? ¿Qué sabía? ¿A quién pudo incomodar desde su cargo? Preguntas que circularon desde el inicio y que jamás encontraron respuesta oficial.
Promesas de investigación que se diluyeron
El día del crimen, altos funcionarios de seguridad llegaron a la escena y condenaron el asesinato.
Se habló de una investigación exhaustiva, de no permitir que el caso quedara en la impunidad, de enviar un mensaje claro contra la violencia.
Pero los días se convirtieron en meses. Los meses en años. Y el expediente comenzó a empolvarse.
No hubo capturas. Tampoco imputaciones. No hubo un informe final que explicara qué ocurrió ni quiénes fueron los responsables.
Diecisiete años después, la impunidad persiste
Hoy, 17 años después, el crimen sigue sin culpables. No hay sentencias, no hay responsables señalados, no hay justicia.
El asesinato del subcomisionado se convirtió en un símbolo doloroso: si un alto oficial puede ser atado, ejecutado y olvidado, ¿qué puede esperar el resto de la ciudadanía?
La muerte de Marco Tulio Reyes Chávez no solo arrebató una vida. Envió un mensaje de impunidad que sigue vigente en Honduras.
Recordarlo no es un acto de nostalgia ni de rutina. Es una exigencia pendiente. Porque mientras este caso siga impune, la herida permanece abierta y la deuda con la justicia sigue intacta.
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