
Honduras sigue rezagada, con una pobreza que alcanza a 8 de cada 10 hogares y un Estado que aún no logra responder a las demandas de su gente, dice informe.
Han pasado más de treinta años desde que Honduras y el resto de Centroamérica apostaron por la paz, la democracia y el desarrollo compartido.
Pero tres décadas después, el mapa del istmo muestra una frontera invisible: la que separa a los países que avanzan de los que apenas sobreviven.
En esa línea, Honduras permanece del lado más pobre, junto a Guatemala y Nicaragua, mientras el sur, liderado por Costa Rica y Panamá, se consolidan como economías más estables y sociedades con mejor calidad de vida.
Así lo revela el Séptimo Informe Estado de la Región (ERCA), que documenta una Centroamérica partida en dos: la que progresa y la que aún busca salir del atraso.
Brechas estructurales que marcan a Honduras
Según el informe, la región vive transformaciones profundas desde los años noventa: crecimiento urbano, diversificación productiva y mayor alfabetización.
Sin embargo, la desigualdad entre los países del norte y del sur se amplió peligrosamente.
Honduras encarna el rezago estructural que arrastra al norte centroamericano:
- Ocho de cada diez hogares viven en pobreza o vulnerabilidad.
- La inversión social por habitante es la más baja de la región (228 dólares al año).
- Casi la mitad de la población laboral no terminó la educación primaria.
- Un tercio de los jóvenes entre 19 y 24 años ni estudia ni trabaja.
El informe advierte que el país no aprovecha su bono demográfico, la ventana de oportunidad que ofrece una población mayoritariamente joven, y corre el riesgo de perder otra década si no impulsa reformas profundas en educación, empleo y productividad.
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Centroamérica partida: el sur prospera, el norte sobrevive
El estudio describe una región con dos realidades opuestas. En el sur, Costa Rica, Panamá y República Dominicana consolidan economías dinámicas y sistemas sociales más inclusivos.
Sus indicadores de salud, educación y desarrollo humano superan por amplio margen a los del norte.
En el norte, en cambio, Honduras, Guatemala y Nicaragua enfrentan rezagos históricos que frenan cualquier avance: informalidad laboral, baja calidad educativa y fragilidad institucional.
El contraste es tan claro como preocupante: mientras Panamá invierte más de 1,500 dólares por persona en gasto social, Honduras apenas destina una sexta parte de esa cifra.
La consecuencia es visible: el crecimiento económico del sur se traduce en bienestar, mientras el del norte apenas alcanza para sobrevivir.
Educación y pobreza: la raíz de la brecha
La desigualdad en educación es uno de los motores del rezago hondureño. El informe señala que más del 45 % de las personas en edad laboral no completó la primaria, y que el sistema educativo carece de cobertura, calidad y pertinencia para responder al mercado laboral.
Esa carencia educativa tiene un costo directo: una de las tasas más altas de informalidad laboral en América Latina, con millones de hondureños trabajando sin seguridad social ni estabilidad.
La baja productividad limita el crecimiento y perpetúa la pobreza. En palabras del informe, el desarrollo desigual de Centroamérica no solo es económico, sino también educativo y generacional.
Un futuro que depende de cerrar la brecha
El documento llama a repensar la integración regional y fortalecer los espacios de cooperación para reducir las asimetrías.
Cerrar la brecha norte-sur no es solo una cuestión económica, sino una condición para la estabilidad política, la democracia y la paz social.
El crecimiento sin inclusión. como el de Honduras, no genera desarrollo sostenible: lo que produce es frustración y migración.
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Para revertirlo, el informe propone invertir en educación técnica, salud, protección social, empleos dignos y equidad de género.
La región, dice el documento, todavía puede corregir su rumbo si actúa con visión compartida y voluntad política real.
Treinta años después, Centroamérica sigue dividida entre quienes prosperan y quienes resisten.
Y en ese mapa desigual, Honduras continúa en el lado más pobre, donde los sueños cuestan más y las oportunidades siguen siendo privilegio.
Cerrar la brecha no es una tarea regional: es el reto pendiente de un país que, pese a todo, aún tiene la fuerza para cambiar su destino.