Mientras la coca brota, cárteles extranjeros toman terreno en Centroamérica

La presencia de cárteles extranjeros, el posible avance del cultivo de coca y la fragmentación de estructuras locales dibujan un escenario distinto

La transformación no ocurre de golpe. No hay un anuncio oficial ni una línea que marque el antes y el después. Pero en los pasillos de las unidades antinarcóticos, entre informes reservados y operativos que rara vez se hacen públicos, una preocupación comienza a repetirse: el narcotráfico en Honduras está cambiando de forma y de manos con el avance de cárteles extranjeros.

Durante años, el país fue visto como un corredor estratégico. La droga entraba, cruzaba y salía.

Pero esa lógica empieza a romperse. Ahora, los agentes que patrullan rutas, costas y zonas rurales hablan de otra dinámica: los cárteles extranjeros ya no solo transitan, también se instalan, negocian y reorganizan el territorio.

“Antes detectábamos cargamentos. Hoy identificamos estructuras completas operando”, confiesa un agente antinarcóticos con más de una década de experiencia. “No vienen a mover droga nada más. Vienen a quedarse”.

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La huella de cárteles que cruzaron fronteras

El mapa criminal de Honduras ya no se dibuja únicamente con nombres locales. A las estructuras tradicionales se suman organizaciones transnacionales como el Cártel de Sinaloa, el Cártel Jalisco Nueva Generación, el Tren de Aragua y el Clan del Golfo.

No operan de forma aislada. Tejen alianzas con pandillas locales como la Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18, fusionando conocimiento territorial con poder logístico internacional.

Esa combinación genera una nueva capa de complejidad. Los grupos locales conocen rutas, comunidades y dinámicas. Los extranjeros aportan financiamiento, conexiones internacionales y métodos más sofisticados.

“Estamos viendo una especie de franquicia criminal”, explica otro agente. “Ellos no necesitan empezar de cero. Se apoyan en lo que ya existe y lo potencian”.

El resultado es una red más difícil de detectar y desarticular.

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Hay controles férreos, pero los carteles extranjeros se las ingenian para burlar la vigilancia. Foto: DLCN.

Cultivo de coca: el giro silencioso que inquieta

Pero el cambio más delicado no ocurre en las rutas, sino en la tierra. En los últimos años, informes y estudios científicos encendieron una alerta que antes parecía improbable: Centroamérica comienza a mostrar condiciones favorables para el cultivo de coca.

Un estudio publicado en 2024 reveló que casi la mitad del norte de la región, incluyendo Honduras, posee características biofísicas propicias para este tipo de siembra.

“Ya no hablamos de tránsito. Hablamos de producción. Y eso implica control territorial, protección armada y estructuras más permanentes”, señala el agente.

El temor no es teórico. En zonas remotas, donde el Estado tiene presencia limitada, el terreno y el clima comienzan a verse no solo como condiciones naturales, sino como oportunidades para el negocio ilícito.

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cLa expansión de cultivos según agentes antinarcóticos es una muestra del avance de estos carteles extranjeros. Foto. DLCN.

El vacío que dejó la caída de los viejos capos

Mientras ese nuevo escenario se configura, otro factor acelera la transformación: la fragmentación del crimen local.

Las extradiciones de capos hondureños en la última década golpearon estructuras históricas, pero no eliminaron el negocio.

En su lugar, dejaron espacios que ahora son disputados por células más pequeñas y, cada vez más, por organizaciones extranjeras que buscan consolidar su influencia.

“Lo que antes controlaba un solo grupo, ahora lo disputan varios”, señala un investigador. “Y en esa disputa, los cárteles internacionales tienen ventaja”.

Esa ventaja se traduce en recursos, armas, contactos y capacidad de adaptación.

De corredores a territorios en disputa

El resultado es un país que comienza a ser visto de otra manera dentro del mapa del narcotráfico. Honduras ya no solo es un punto de paso. Es un espacio donde se negocia, se coordina y, potencialmente, se produce.

Los envíos terrestres continúan fluyendo hacia Guatemala, cruzando fronteras que siguen siendo porosas. Pero debajo de esa dinámica visible, se construye otra más profunda: la del control territorial.

“Ya no basta con vigilar carreteras o costas”, admite un agente. “Ahora hay que entender quién manda en cada zona”.

En las oficinas donde se analizan rutas y decomisos, el tono cambió. Ya no se habla solo de incautaciones o capturas. Se habla de tendencias, de reconfiguración, de un fenómeno que se mueve más rápido que las estrategias para enfrentarlo.

La presencia de cárteles extranjeros, el posible avance del cultivo de coca y la fragmentación de estructuras locales dibujan un escenario distinto, más complejo y más difícil de contener.

El problema, advierten, no es solo lo que ya se ve… sino lo que empieza a echar raíces.

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