
En Honduras, las zonas donde avanza el cultivo de coca esconden historias de mujeres atrapadas entre pobreza, coerción y violencia.
El camino de tierra está húmedo por la neblina de la madrugada. En una aldea remota de Colón, Maribel, una campesina de 32 años, carga dos baldes de agua mientras mira de reojo hacia el borde de la montaña. No es un amanecer cualquiera. Es otro día más sobreviviendo en un territorio donde la coca lo determina todo: quién trabaja, quién calla, quién come y quién desaparece.
Maribel no es criminal. No cultiva por ambición. Cultiva porque no tiene alternativa. Porque en su comunidad no hay escuelas abiertas ni empleos formales ni presencia del Estado.
Cultiva porque, si no lo hace, sus hijos no comen y su vida corre peligro. Ella es una de las víctimas invisibles que sostienen, sin querer, el corredor cocalero hondureño.
Zonas de coca en Honduras: pobreza, miedo y control
En los últimos años, Honduras identifica cultivos de coca en zonas rurales de difícil acceso.
Son territorios donde las instituciones llegan tarde, o no llegan y donde las redes criminales se instalan con rapidez, ofreciendo “trabajo” a comunidades abandonadas.
Pero ese trabajo tiene un precio: las mujeres se convierten en mano de obra barata, prescindible y silenciosa.
“Aquí nadie dice que quiere trabajar en la coca; dicen que no hay de otra”, cuenta un agente de inteligencia de una unidad antinarcóticos que participado en operativos en el oriente y nororiente del país.
“Las mujeres son usadas para tareas duras, peligrosas y sin protección. Son víctimas, no socias del narco”, sostiene.
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El informe COPOLAD y el papel femenino en los cultivos ilícitos
El Diagnóstico regional sobre criminalidad organizada y género, elaborado por COPOLAD en 2024, describe cómo en América Latina las mujeres son reclutadas o presionadas para trabajar en cultivos ilícitos bajo condiciones de explotación.
El informe identifica patrones claros:
- Coerción disfrazada de “oportunidad laboral”.
- Deudas impuestas por intermediarios.
- Amenazas contra hijos y familiares.
- Violencia sexual en zonas dominadas por grupos criminales.
- Restricción de movimiento y vigilancia comunitaria.
En Honduras, estos patrones coinciden con testimonios de mujeres en zonas donde la coca se expande.
Mujeres atrapadas en la economía de la coca
Aunque ellas no manejan plantaciones, rutas ni ventas, sí cargan tareas esenciales para la operación criminal:
- cortar la hoja,
- cargar agua o químicos,
- cocinar para jornaleros,
- limpiar “laboratorios” improvisados,
- vigilar caminos,
- transportar insumos sin saber su finalidad.
Son trabajos que las vinculan a la estructura del narco sin otorgarles poder ni ganancias.
“Un hombre puede ausentarse un día; una mujer no. Ella es la que mantiene todo en marcha. Y cuando cae un operativo, es la que queda más expuesta”, explica el agente.
Violencia de género en territorios cocaleros
En zonas rurales donde avanza la coca, la violencia contra mujeres se intensifica. COPOLAD documenta agresiones, explotación sexual y coerción, especialmente hacia mujeres jóvenes o sin pareja.
En Honduras, esto se refleja en:
- relaciones forzadas con hombres vinculados al narco,
- intimidación por parte de jefes locales,
- “protección” condicionada a favores,
- abuso sexual bajo amenazas,
- control de movimientos y horarios.
Maribel lo resume con un susurro que pesa más que cualquier dato: “Aquí una aprende a callar para seguir viva”.
Criminalizadas por sobrevivir
Cuando las autoridades destruyen cultivos o realizan operativos, muchas mujeres son detenidas simplemente por estar cerca o cumplir tareas menores.
Pero en sus expedientes rara vez se incluye:
- si estaban amenazadas,
- si trabajaban por coerción económica,
- si eran víctimas de trata,
- si enfrentaban violencia doméstica.
El resultado: mujeres que deberían ser tratadas como víctimas aparecen como perpetradoras.
“Veo expedientes donde la mujer cocina para jornaleros y termina señalada como parte de la estructura. Eso no es justicia”, afirma el agente.
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Un corredor que crece sin protección para ellas
En estas aldeas, las mujeres saben tres cosas:
Sin programas sociales, sin escuelas, sin empleo y sin presencia sostenible del Estado, la coca se vuelve el único ingreso posible… y el más peligroso.
No son cultivadoras voluntarias, ni socias del narco, ni criminales. Son mujeres pobres, rurales, campesinas y madres que sobreviven en territorios donde nadie las protege.
Son, en verdad, las víctimas invisibles de un corredor cocalero que crece mientras ellas luchan por mantenerse vivas.