Niños, adolescentes, jóvenes y adultos mayores figuran en registros que revelan una ausencia que el país no logra resolver.
Estar en Interpol no siempre significa huir de la justicia. A veces significa algo más doloroso: que una persona desapareció y que su rastro se volvió tan débil que la búsqueda tuvo que cruzar fronteras.
Y en el caso de Honduras, lo que emerge no es una estadística fría, sino una cadena de ausencias que golpea por su diversidad: un niño de un año, adolescentes, mujeres jóvenes, hombres en plena adultez y hasta un adulto mayor de 83 años.
La fotografía de 2026, al menos con los casos que trascienden en esta lista de Interpol, retrata un país donde desaparecer no distingue edad y donde la respuesta institucional no siempre alcanza para cerrar la historia dentro del territorio nacional.
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Interpol: enero cargó más casos, pero marzo volvió a encender las alarmas
Con los 27 casos que se reportaron a Interpol entre enero y marzo de 2026, el primer patrón es claro: enero fue el mes con más desapariciones reportadas, con 14 casos, seguido de marzo con 10 y febrero con 3. Eso significa que:
- Enero concentra el 51.8 % de los casos listados
- Marzo representa el 37 %
- Febrero apenas el 11.1 %
La lectura no es menor. Enero arrancó con una presión alta y marzo volvió a encender las alarmas con una nueva acumulación de nombres en pocos días.
Solo entre el 13 y el 17 de marzo se reportan varios casos seguidos, una seguidilla que vuelve más visible la fragilidad de la búsqueda temprana.

Mujeres, niñas y adolescentes cargan con el rostro más duro de la desaparición
El balance es casi parejo en el total general: 14 hombres y 13 mujeres. Pero cuando se mira con más cuidado, el golpe está en otro lado.
De los 27 desaparecidos, 11 son menores de edad, es decir, cuatro de cada diez casos corresponden a niñez o adolescencia. Y dentro de ese grupo, el peso recae de forma abrumadora sobre las niñas y adolescentes.
Al menos 10 de esos 11 menores serían mujeres. Esa proporción enciende una alerta seria, porque sugiere que la desaparición de menores en esta muestra golpea con más fuerza a niñas y adolescentes que a niños.

De un bebé de un año a un hombre de 83
La otra gran señal está en las edades. La lista no responde a un solo perfil. El caso más estremecedor por su fragilidad es el de Liam Fernando Zelaya Carranza, de un año, desaparecido el 16 de marzo de 2026 en Choluteca.
En el otro extremo está Leandro Iván Vindel Serrano, de 83 años, desaparecido el 7 de marzo. Entre ambos extremos cabe casi toda la vida entera.
La edad promedio de los casos ronda los 26 años, lo que revela un peso fuerte de la juventud en este drama.
Pero la presencia de menores y de adultos mayores deja claro que no hay un único patrón etario. La desaparición en Honduras toca infancia, adolescencia, adultez joven y vejez.

Los casos que vuelven más humana la cifra
Las estadísticas sirven para dimensionar el problema, pero son los nombres los que le devuelven humanidad.
En marzo figuran, entre otros, Julio José Sierra Martínez, de 26 años; Arely Sarahí López Domínguez, de 14, desaparecida en el Distrito Central; Ronán Gualberto González Pérez, de 30 años; Moisés Alejandro Mejía Valeriano, también de 30; María Fernanda Acosta Fúnez, de 18 años, desaparecida igualmente en el Distrito Central; Mario René Aguilar Mondragón, de 43; Nazareth Sadrid Chacón, de 12; y Eliani Yonireth Jácome, de 17.
En febrero aparecen Yosilen Pamela Flores, de 17 años; Ángel Manuel Oliva Rodríguez, de 40; y Justin Jullian Alonzo Silva, de 26.

Enero, el mes más cargado, deja una sucesión que ya por sí sola retrata la gravedad del fenómeno: Suany Saraí Ortega Gómez, de 14 años, desaparecida en Valle de Ángeles.
También, Areli Saraí Funes González, de 16; Alexandra Yamileth Martínez Flores, de 14; Daniel Esaú Lagos Martínez, de 20; Inocencio Domínguez, de 62; Yahir Enríquez Guzmán Ramírez, de 23; Carlos Cipriano Rodríguez Elvir, de 48, desaparecido en el Distrito Central.

Además, José Gabriel Vargas Hernández, de 31, desaparecido en Tatumbla; Angie Marilyn Urbina Rodríguez, de 15; Leilyn Lilieth Cruz Lorenzo, de tres años; Merly Maricela Lorenzo Vásquez, de 21; Yadira Yesenia Lara López, de 48; Meilyn Dayana Meza Izaguirre, de 13; y Jonathan Alexander Pagoaga Quintero, de 21.

Cuando Honduras no logró encontrarlos
Que un hondureño termine en la base global de Interpol significa que su ausencia escaló, también, que el problema dejó de ser local y que el país no logró resolverlo dentro de sus propios límites.
La alerta amarilla no es un castigo ni una condena, es una admisión de insuficiencia. Es el momento en que una desaparición necesita ayuda internacional para intentar cerrarse.
Y ahí está lo más incómodo: Honduras no solo expulsa migrantes, no solo registra violencia, no solo acumula impunidad. También deja personas cuyo rastro se rompe hasta el punto de terminar en un sistema mundial de búsqueda.
Desaparecer en Honduras ya no siempre termina solo en un cartel, una denuncia o una búsqueda local. A veces termina en la base global de Interpol.
Porque cuando un bebé de un año, una niña de 12, una adolescente de 17, una joven de 18 y un hombre de 83 caben en la misma tragedia, lo que está fallando no es un caso aislado. Es el país.
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