El encarecimiento del combustible empuja inflación, reduce poder adquisitivo y amenaza con ampliar la pobreza en Honduras.
El golpe no llega de un solo lado. Se cuela por el combustible, por el pasaje, por la comida. Y cuando el ciudadano lo siente, ya es tarde: el dinero no alcanza.
Renán Barahona lo dice sin rodeos. “El aumento sostenido en los precios de los combustibles no es un dato técnico, es una amenaza directa al bolsillo de los hondureños”.
Y esta vez, la presión viene de fuera, de un conflicto internacional que empuja el precio del petróleo a niveles que no se veían en los últimos años.
El barril ya roza los 100 dólares. Hace poco, se movía entre 60 y 70. La diferencia no es solo un número: es el costo del transporte, de la energía, de los productos básicos. Es la cadena completa encareciéndose al mismo tiempo.
“Es un aumento bastante significativo”, advierte el economista. Y ese incremento no se queda en los mercados internacionales. Llega directo a las bombas, a las pulperías, a los recibos.
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Combustible sube, el más pobre paga más
El problema no se limita al combustible. El alza arrastra todo lo demás. Mover mercadería cuesta más. Transportar alimentos cuesta más. Importar también.
Las navieras suben seguros, los costos logísticos se disparan y el efecto rebota en cada producto que llega al consumidor. Y ahí está el punto más crítico: el impacto no se reparte igual.
En un país donde el 70% de la población vive con ingresos bajos y una gran parte sobrevive en extrema pobreza, cualquier aumento se siente como un golpe directo. No hay margen. No hay ahorro. Solo ajuste.
Barahona lo advierte con claridad: la pobreza no solo se mantiene, se profundiza.

Inflación, moneda débil y una tormenta en formación
El escenario no se detiene en el precio del combustible. Se agrava. La presión sobre la moneda, el aumento en tasas de interés y el encarecimiento global empujan hacia una escalada inflacionaria que podría ir más allá de las previsiones oficiales.
Eso significa algo simple, pero devastador: el dinero pierde valor mientras todo cuesta más.
La economía entra en una zona incómoda, donde el crecimiento se frena y el costo de vida se dispara. Y en ese punto, cada decisión pesa más.
El margen del gobierno se reduce
El economista deja claro que el papel del gobierno resulta clave. No como espectador, sino como actor que debe contener el impacto.
Porque cuando el combustible sube, no solo sube el precio de la gasolina. Sube el país entero.
Y si no hay medidas que amortigüen ese golpe, el resultado será visible en lo cotidiano: menos comida en la mesa, más presión en los hogares y una pobreza que deja de ser estadística para convertirse en rutina.
El precio del petróleo no se discute en Honduras, pero sus consecuencias sí se viven. Cada lempira que sube en el combustible baja en la mesa de miles de familias.
Y ahí, en ese intercambio silencioso, se empieza a medir el verdadero costo de esta crisis.
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