mujeres y la venta de droga en prostíbulos

mujeres y la venta de droga en prostíbulos

En los prostíbulos hondureños, mujeres son obligadas a combinar la explotación sexual con la venta de droga.

Cuando el último cliente salió del cuarto de un prostíbulo en Comayagüela y la música bajó de volumen, Lucía pensó que al fin podría descansar. Pero la dueña del prostíbulo la llamó con un gesto seco. “Te falta vender dos paquetitos más. Si no, lo pagás vos”, le dijo.

Lucía no solo debía atender hombres cada noche. También debía vender droga para los mismos criminales que controlan aquel lugar. Si no lo hacía, no comía… o la golpeaban.

Así comienza la realidad de decenas de mujeres hondureñas atrapadas en prostíbulos y bares clandestinos donde la explotación sexual y la venta de droga se mezclan en una misma condena.

Prostíbulos como puntos de narcomenudeo

Los investigadores antinarcóticos describen estos sitios como “ecosistemas ilícitos”:un ambiente donde el narco, la explotación sexual y las amenazas conviven bajo la protección del silencio.

“Los prostíbulos son puntos de distribución porque hay clientes, hay consumo y hay vulnerabilidad. Las mujeres no manejan nada, pero cargan con todo”, relata a tunota.com un agente antidrogas de la Policía Nacional.

Los patrones son claros:

  • los dueños de los locales pactan con microtraficantes,
  • las mujeres deben vender dosis durante la noche,
  • hay vigilancia permanente,
  • y todo ocurre lejos de los ojos de la Policía.

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Mujeres obligadas a vender droga

Muchas de las mujeres que terminan vendiendo droga en estos lugares no lo hacen voluntariamente. Algunas llegaron buscando trabajo como meseras.

Otras huyeron de violencia doméstica. Varias fueron reclutadas mediante engaños o deudas.

Rosa, una joven de 22 años, quedó atrapada de esa forma y lo cuenta: “Me dijeron que serviría tragos. Pero a los tres días me obligaron a vender bolsitas. Si no lo hacía, no me dejaban salir del cuarto”, recuerda.

Las redes criminales utilizan métodos de control silenciosos:

  • retención de documentos,
  • deudas inventadas por “alquiler de cuarto”,
  • amenazas de difundir fotos íntimas,
  • golpes,
  • intimidación con armas,
  • vigilancia por parte de “colaboradores”.

El cuerpo de la mujer es así utilizado como mercancía… y su presencia, como pantalla para distribuir droga.

Explotación sexual y narco: una mezcla devastadora

El informe COPOLAD, que analiza cómo el narco explota a mujeres en diferentes zonas de la región, advierte que la combinación de explotación sexual y venta de droga es una de las formas más crueles de dominación criminal.

En Honduras, esta mezcla se vive cada noche dentro de cuartos sin ventanas, luces rojas y clientes que entran y salen sin mirar a las mujeres a los ojos.

“Ellas viven la peor parte del crimen: tienen que atender clientes, vender droga y aguantar amenazas. Nadie ve su sufrimiento”, afirma una trabajadora social que conoce algunos casos de mujeres explotadas.

Las mujeres dentro de prostíbulos deben vender un número mínimo de dosis cada noche. Si no lo cumplen, los castigos son duros:

  • golpes,
  • encierro,
  • reducción del pago,
  • violaciones,
  • o la expulsión violenta del establecimiento.

Lucía lo explica: “Una noche no vendí lo suficiente. La dueña me dijo que podía hacerme desaparecer. Ese día entendí que no era libre”.

El miedo se convierte en la cadena más fuerte.

Historias de escape y silencio

Salir de un prostíbulo dice Lucía a tunota.com no es libertad. Las pocas que logran escapar enfrentan:

  • miedo a represalias,
  • amenazas a familiares,
  • estigmatización social,
  • pobreza extrema,
  • trauma psicológico,
  • imposibilidad de denunciar.

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Rosa, que logró huir gracias a una amiga, aún vive escondida: “Yo sé que si me encuentran, me matan. Pero prefiero esconderme que volver a ese prostíbulo”.

Dentro de los prostíbulos hondureños hay mujeres que venden droga sin querer. Mujeres obligadas a sobrevivir entre clientes, cuartos y amenazas, cargando culpas que no les pertenecen.

Son víctimas invisibles. Son el eslabón más débil de un sistema criminal que las explota, las usa y las descarta.

Mientras Honduras no comprenda que estas mujeres necesitan protección, no prisión, seguirán atrapadas en una noche que parece no terminar nunca.

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