Expertos alertan que sin autoridad docente y deberes claros para los alumnos, la escuela seguirá fomentando la confrontación sobre el aprendizaje.
Este día en la emisión del programa Frente a Frente se analizó la crisis de autoridad y convivencia en las aulas hondureñas con la participación del exsecretario de educación, Arnaldo Bueso; la docente jubilada y exdirectora, Sofía Sanabria; y el consultor en educación superior, el René Noé.
El debate, motivado por recientes actos de violencia escolar, permitió identificar que el problema no es un hecho aislado, sino el reflejo de una “multicrisis” estructural donde la escuela ha dejado de ser un centro de enseñanza para convertirse en un escenario de resolución de conflictos sociales para los cuales no fue diseñada.

Las siete fracturas que asfixian el aula de clases
El exsecretario Arnaldo Bueso presentó un diagnóstico basado en lo que denominó las “siete fracturas” del sistema.
Según Bueso, la primera gran ruptura es el cambio en la familia hondureña, seguido por la pérdida de la “corresponsabilidad”, donde el trinomio entre familia, escuela y comunidad se ha roto.
Bueso explicó que hoy los padres esperan que el docente corrija en el aula lo que no se formó en casa, mientras que el Estado aparece solo cuando el conflicto ya ha estallado.
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“La familia educaba, era la encargada de educar en casa. El centro educativo reforzaba esos procesos y la comunidad acompañaba ( … ) hoy los padres esperan que el docente en el aula corrija”, dijo.
Otras fracturas incluyen una autoridad docente que no fue preparada para el liderazgo moderno, centros educativos resolviendo problemas de drogas y violencia sin recursos, la ausencia de “sistemas de alerta temprana”, la reacción tardía de las autoridades y, finalmente, la “normalización de la confrontación” en una sociedad donde el insulto ha sustituido al diálogo.
Derechos sin deberes y el declive de la autoridad
El docente René Noé sostuvo una postura crítica respecto al origen de la indisciplina, vinculándola directamente con la ratificación del Código de la Niñez en 1990. Para Noé, este marco legal se malinterpretó al otorgar libertades y autonomía a los menores sin establecer una contraparte de responsabilidades.
“Se le quita la autoridad al padre de familia cuando le dice que el niño tiene libertad tiene democracia y tiene autonomía y se le dice que el niño tiene derechos pero nunca se le enseña que tiene deberes”, apuntó.
Esta visión contrasta con la realidad de las aulas, donde Noé asegura que los profesores están más preocupados por ser demandados que por educar, mientras los padres, desautorizados en el hogar, trasladan esa incapacidad formativa al centro escolar.
La desintegración familiar y el docente emocionalmente desbordado
Por su parte, la profesora Sofía Sanabria y Arnaldo Bueso coincidieron en que el entorno del estudiante es el principal detonante de las conductas violentas. Sanabria enfatizó que el docente identifica diagnósticos de conducta que vienen “de afuera”, del hogar, muchas veces marcados por la desintegración familiar producto de la migración.
Sanabria relató que la falta de involucramiento de los padres es alarmante, señalando que en citaciones por problemas de disciplina de 14 padres, a veces solo llegan dos.
Sin embargo, el punto de mayor contraste fue el análisis del “agotamiento emocional” del magisterio.
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Mientras la sociedad exige resultados, Hueso citó estudios donde el 47% de los docentes presenta niveles elevados de cansancio emocional. Sofía Sanabria defendió que el maestro está “sumamente cargado” no solo por la parte pedagógica, sino por una excesiva carga administrativa y actividades extracurriculares que asfixian su salud mental. Al respecto, Arnaldo Hueso advirtió:
“¿Cómo crees que un docente emocionalmente desbordado va a atender a un educando emocionalmente desbordado? ¿qué estamos haciendo? ¿estamos dejando a la deriva a nuestros docentes?”, dijo.
El foro concluyó con un llamado urgente a reconstruir la alianza entre la familia, el centro educativo y la comunidad. Los invitados coincidieron en que se deben transformar las escuelas para padres en programas de acompañamiento familiar real y profesionalizar la gestión de los directores, quienes deben ser líderes de convivencia y no meros administradores.