Pobladores relatan miedo, disputas por tierras y rivalidades entre grupos armados en una zona donde, la violencia venía creciendo silenciosamente.
A las cinco de la mañana, cuando todavía la oscuridad cubría parte de la aldea Rigores, en Trujillo, Colón, los campesinos apenas comenzaban a prepararse para salir a trabajar.
Algunos se alistaban para caminar hacia las fincas, otros organizaban herramientas y café para iniciar la jornada, pero comenzaron los disparos.
El estruendo quebró la tranquilidad del amanecer y desató una escena de terror que hoy mantiene paralizada a la comunidad.
Los pobladores corrieron a esconderse mientras las ráfagas retumbaban en medio de las viviendas y caminos de tierra.
“Fue horroroso, solo escuchamos los disparos”, relató un habitante de la zona a tunota.com, todavía conmocionado por lo ocurrido.
Pero en Rigores el miedo no nació únicamente por el ataque. Lo que más golpea a muchos habitantes es la sensación de que la tragedia pudo evitarse.
Entre las voces que hoy hablan bajo temor, se repite una frase que resume el sentimiento de la comunidad: “era una muerte anunciada“.
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Rigores donde la violencia venía creciendo en silencio
En El Aguán, organizaciones defensoras de derechos humanos y estructuras comunitarias llevaban tiempo alertando sobre el riesgo de una tragedia provocada por las disputas de tierras y las tensiones entre grupos que operan en la zona.
“Se les dijo que era una bomba de tiempo, que un ataque se podría generar porque se pelea la tierra y otros conflictos que se tienen en la zona y no es desde ahora, es desde años”, expresó un poblador que pidió mantener en reserva su identidad por razones de seguridad.
Las advertencias, según los habitantes, nunca desaparecieron. Por el contrario, aseguran que los conflictos escalaron silenciosamente entre amenazas, rivalidades y enfrentamientos que pocas veces trascendían fuera de las comunidades.
Rigores, una de las fincas más grandes de la margen izquierda de Trujillo, se convirtió con el tiempo en un territorio marcado por disputas agrarias y tensiones permanentes.
Hoy, tras el ataque armado, el miedo domina los caminos y las viviendas de la zona.

Las disputas por tierras que incendiaron Rigores
Los pobladores consultados aseguran que detrás de la violencia existen rivalidades entre grupos vinculados a conflictos de tierras en diferentes sectores de Colón.
Uno de los habitantes explicó que el detonante tendría relación con disputas surgidas alrededor de la finca Punta de Rieles y otros terrenos ubicados en Monte Abajo y Rigores.
“La finca de Punta de Rieles, vino un grupo campesino y la quiso tomar, pero los sacaron y se apoderaron de esa tierra. Esos tenían otra tierra en Monte Abajo, en Rigores, y se pelean la tierra”, relató.
El poblador afirmó que la confrontación no es reciente y que las divisiones entre grupos provocaron otros hechos violentos que pocas veces llegan a registrarse oficialmente.
“El problema es que hay bandos, disputas entre ellos y han habido otras muertes que no se registran y por eso la violencia escala”, añadió.
En medio del temor, algunos habitantes mencionan sectores y agrupaciones que mantienen rivalidades históricas dentro de la zona.
En El Aguán hay una dinámica donde la tierra se convirtió en el centro de una confrontación cada vez más peligrosa.

“Aquí es un hervidero de problemas”
La conmoción por el ataque armado pone sobre la mesa la fragilidad que vive el Aguán, una región marcada durante años por conflictos agrarios, violencia y constantes denuncias de inseguridad.
“Aquí es un hervidero de problemas en esta zona y si no hay una estrategia real, la sangre seguirá corriendo”, advirtió otro poblador de Ilanga, Colón.
Las palabras resumen el sentimiento que hoy predomina entre muchas familias: miedo.
Miedo a hablar, miedo a quedar atrapados en medio de los conflictos y miedo a que nuevos ataques vuelvan a sacudir la región.
Rigores permanece bajo una tensión permanente. Los habitantes hablan en voz baja, observan con desconfianza el movimiento en los caminos y evitan mencionar nombres por temor a represalias.

El Aguán y una herida que sigue abierta
La tragedia de Rigores desnuda una realidad que en el Aguán muchos conocen desde hace años: los conflictos por tierras continúan alimentando escenarios de violencia donde las advertencias parecen llegar demasiado tarde.
La región arrastra una larga cadena de hechos sangrientos que dejaron profundas heridas en las comunidades campesinas.
Uno de los casos más recordados ocurrió el 15 de noviembre de 2010, cuando cinco campesinos del Movimiento Campesino del Aguán (MCA), pertenecientes a la comunidad Guadalupe Carney, fueron asesinados en la finca El Tumbador.
Años antes, el 3 de agosto de 2008, en la comunidad de Silín, Colón, un enfrentamiento a fuego cruzado entre ganaderos y campesinos dejó 10 personas muertas y al menos cuatro heridas.
Esto evidenció cómo el conflicto agrario en el Bajo Aguán está marcado durante décadas por episodios de extrema violencia.
El amanecer que debía marcar el inicio de una jornada de trabajo terminó convertido en una escena de muerte y terror.
Y en medio del silencio que quedó después de los disparos, los pobladores repiten una idea que golpea con fuerza a la comunidad: la bomba de tiempo explotó y el Aguán volvió a sangrar.
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