En kioscos metálicos, rutas de transporte y puestos improvisados, los antibióticos se venden como cualquier producto
Nadie pregunta qué contiene la pastilla, ni exigen la receta. En Honduras, el alivio se compra al instante: en una pulpería, en un kiosco, en una farmacia donde el precio pesa más que el diagnóstico.
Así empieza una cadena silenciosa que no duele hoy, pero que puede volverse irreversible mañana: la automedicación.
Miguel Ángel González no lo ve como un riesgo. Para él, como para miles, es sentido común: si hay fiebre, se toma algo; si hay dolor, se busca lo más barato. No hay tiempo para consultas ni dinero para exámenes. Solo la urgencia de seguir el día.
Pero detrás de esa decisión cotidiana se esconde una amenaza que no se anuncia con síntomas inmediatos: cada antibiótico mal usado no solo falla, también enseña a las bacterias a resistir.
Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser individual. Se vuelve colectivo.
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La automedicación y la venta sin receta
Los medicamentos circulan sin control. En kioscos metálicos, rutas de transporte y puestos improvisados, los antibióticos se venden como cualquier producto de consumo rápido.
Uno de los que administra uno de estos negocios, describe una realidad que se repite a diario: mientras dentro de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), la venta está prohibida, en los alrededores y en las calles no existe vigilancia efectiva.
Los fármacos pasan de mano en mano sin verificación de calidad ni orientación médica.
La lógica se repite incluso en farmacias formales. La química farmacéutica Secia Ramírez advierte que muchos clientes no buscan consejo, buscan precio.
Piden “lo más cómodo”, sin importar si el medicamento es el adecuado. Prolifera la automedicación por el costo. La salud queda en segundo plano.

Resistencia antimicrobiana
Para la doctora Wendy Murillo, investigadora de la Escuela de Microbiología de la UNAH, el problema ya no es local: es global y urgente.
Explica que las bacterias desarrollan resistencia cuando sobreviven al antibiótico y siguen multiplicándose. Ese proceso, acelerado por el uso incorrecto de medicamentos, permite que infecciones persistan y se propaguen.
“No todas las infecciones son bacterianas”, advierte. Virus, hongos y parásitos pueden provocar síntomas similares, pero los antibióticos no funcionan contra ellos.
Usarlos sin diagnóstico no solo es inútil, también reduce las opciones de tratamiento disponibles. Cada pastilla mal usada acorta el futuro de la medicina.
Sin control
El problema se profundiza en un vacío que nadie termina de llenar. “No existe una ley que se aplique de manera efectiva para impedir la venta sin receta”, señala Murillo.
La ausencia de regulación, sumada a prácticas comerciales y a la responsabilidad individual, deja el control en manos del mercado.
El contraste es evidente. En países como Suecia, donde Murillo se formó, ningún antibiótico se vende sin receta médica respaldada por diagnóstico. En Honduras, en cambio, el acceso es libre y cotidiano.

Cuando lo cotidiano se vuelve letal
Según la Organización Panamericana de la Salud, más de 700,000 personas mueren cada año por infecciones resistentes a los antimicrobianos.
Si la tendencia continúa, la cifra podría escalar a 10 millones de muertes en las próximas décadas.
Las consecuencias ya se sienten: hospitalizaciones más largas, tratamientos más costosos y enfermedades que antes se curaban con facilidad, como la neumonía o la salmonelosis, hoy resisten.
Lo que alguna vez fue un avance que salvó millones de vidas, desde la penicilina descubierta por Alexander Fleming, hoy enfrenta su propio desgaste.
Murillo lo plantea sin matices: si no se cambia la forma de usar antibióticos, ni siquiera los nuevos medicamentos bastarán.
La respuesta pasa por hábitos básicos que parecen simples, pero no lo son: vacunarse, lavarse las manos, cuidar la higiene alimentaria y, sobre todo, dejar de automedicarse.
También exige algo que aún no llega: regulación efectiva para la automedicación.
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