el tráfico que roba tiempo, dinero y calma

Porque en Honduras, cada carro detenido cuenta una historia: la de un país que avanza lento, mientras su gente se desgasta rápido

El día no arranca cuando suena la alarma, sino cuando el carro se queda inmóvil. En Tegucigalpa y San Pedro Sula, la jornada se mide en semáforos eternos, en filas que no avanzan y en el tiempo que se escapa sin permiso.

Ahí, en medio del calor y las bocinas, la ciudad se vuelve pesada. No solo por los carros, sino por lo que arrastra cada conductor: deudas, presiones laborales, problemas familiares. El tráfico no crea esa carga, pero la hace estallar.

El psicólogo Ernesto Gálvez lo explica con claridad: la calle se convierte en el punto donde todo lo acumulado encuentra salida. Y se nota. Conductores más irritables, menos tolerantes y más propensos a reaccionar.

La convivencia se quiebra en pequeños gestos: el que no cede el paso, el que invade carril, el que responde con furia. La ciudad deja de ser un espacio compartido y se convierte en un territorio de resistencia diaria.

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El tráfico con ciudades pensadas para carros, no para personas

Detrás del caos no hay casualidad, hay decisiones. El arquitecto Edler Castellanos señala que, durante años, “el desarrollo urbano priorizó al vehículo privado y relegó al peatón y al transporte público. Se invirtió la lógica de la movilidad”.

Las respuestas siguen esa misma ruta. Más calles, más puentes, más pasos a desnivel. Pero el problema crece.

El parque vehicular aumenta cerca de un 6 % cada año, un ritmo que desborda cualquier intento de solución basada en infraestructura.

La imagen es clara: más espacio para carros no resuelve el tráfico, lo multiplica. Mientras tanto, el concepto de movilidad sigue reducido a manejar. Se olvida que en la ciudad también se camina, se pedalea y se comparte.

tráfico
En horas pico, son horas las que se pierden los conductores para llegar a sus destinos. Foto: cortesía.

El costo invisible de no avanzar

El tráfico retrasa y cobra. Cada minuto detenido implica combustible que se consume sin avanzar, horas laborales que se pierden, oportunidades que se escapan y un costo menos visible: el desgaste emocional.

La ingeniera Esly López advierte un fenómeno que agrava el problema: la demanda inducida. “Más carreteras atraen más vehículos. Más vehículos generan más congestión”. El círculo se repite y la gente se agota.

La salida exige cambiar el rumbo

Las soluciones no pasan por seguir ampliando la ciudad hacia el carro. Pasan por reordenarla.

Un sistema de transporte público masivo, eficiente y digno. Aceras seguras que permitan caminar sin miedo, ciclovías que abran alternativas reales y tecnología que organicen el flujo y reduzca el caos, se hacen cada vez más importantes.

Pero también pasa por algo más difícil: cambiar la cultura. Entender que la calle no es una competencia, sino un espacio compartido.

El tráfico dejó de ser un simple problema de movilidad. Hoy define cómo vivimos, cuánto tiempo pasa una persona lejos de su familia, cuánto gasta para moverse y cuánta paciencia le queda al final del día.

Y mientras las ciudades sigan creciendo sin orden, el colapso no será una excepción, será la norma.

Porque en Honduras, cada carro detenido cuenta una historia: la de un país que avanza lento, mientras su gente se desgasta rápido.

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