La Alcaldía ya ofreció parte de los recursos, pero no alcanza. El costo es alto y obliga a mirar hacia la comunidad, donde el mensaje toma fuerza
La catedral de Comayagua sigue en pie, pero ya no luce igual. Sus paredes, que por siglos han sido testigo de procesiones, promesas y silencios, ahora hablan de otra cosa: desgaste.
No es un colapso, sino algo más sutil, pero evidente. Eso bastó para que el obispo Ángel Falzón pidiera ayuda. No desde la solemnidad, sino desde la urgencia.
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El obispo, la Catedral de Comayagua y la pintura
El mensaje llegó directo. Sin rodeos. La catedral necesita pintura, necesita reparaciones y manos que permitan hacerlo posible antes de Semana Santa.
No es un detalle menor. En esos días, Comayagua se convierte en uno de los epicentros religiosos del país. Las calles se llenan, las alfombras toman forma y la catedral se vuelve el punto de encuentro.
Pero este año, la preocupación es otra: cómo recibir a todos con un templo más reluciente. Por eso, el obispo insiste en intervenir ahora, contratar personal especializado y evitar que el desgaste avance.

No es solo fe, también es identidad
La catedral es un espacio donde se cruzan creyentes, turistas y curiosos. “Soy testigo de cuántos turistas vienen aquí”, dice el obispo. Entran, recorren, observan. Para muchos, ese edificio resume una parte de Honduras.
Y no es para menos. Sus cimientos comenzaron en 1634. Se inauguró en 1711 y fue bendecida en 1715. Más de tres siglos después, sigue siendo uno de los templos más antiguos de Centroamérica.
En una de sus torres, un reloj antiguo, que la tradición sitúa alrededor del año 1100, continúa marcando el tiempo. No es un adorno. Es historia en movimiento.
Un pedido que va más allá de lo religioso
La Alcaldía ya ofreció parte de los recursos, pero no alcanza. El costo es alto y obliga a mirar hacia la comunidad, donde el mensaje toma fuerza.
Falzón no habla solo a los fieles, sino a todos los que entienden que ese edificio no pertenece a unos pocos: pertenece a la ciudad.
“Conservarlo vale la pena”, insiste. Y en esa frase no hay discurso vacío. Hay una advertencia de que la Catedral de Comayagua no necesita reinventarse, necesita mantenerse.
Y mientras el obispo lanza su pedido para pintarla, la verdadera prueba no está en el color de sus paredes, sino en si la ciudad decide, o no, devolverle el brillo que el tiempo le ha ido quitando.
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