En ese ciclo que no se detiene, el país enfrenta una verdad incómoda: el crimen ya no necesita crecer para fortalecerse, le basta con dividirse
La escena del crimen se repite una y otra vez: patrullas, allanamientos, esposas, cámaras. Y la sensación de que algo se logró. Pero en Honduras, el verdadero problema comienza después.
Cuando un cabecilla cae, la estructura no desaparece, se rompe, se dispersa, se multiplica en silencio. Lo que antes tenía un solo mando ahora se convierte en pequeñas células, más impredecibles, más difíciles de seguir.
Así ocurrió con la banda conocida como “La Kleibona”, que operaba en el norte del país. La captura de su líder, Kleivin Emilson Orellana Guzmán, no significó el fin de la organización. Fue, más bien, su transformación.
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Un crimen que aprende a sobrevivir
En Choloma, La Lima y El Progreso, los nombres cambian, pero la lógica se mantiene. Las estructuras se reorganizan rápidamente, ocupan vacíos, redefinen territorios.
Ya no necesitan grandes liderazgos visibles. Funcionan por fragmentos. El secretario de Seguridad, Gerzon Onán Velásquez, lo resume sin rodeos: “No hay un número exacto de bandas, porque el fenómeno es dinámico”. Cada golpe genera una nueva configuración.
“Hay una gran cantidad de estructuras criminales…cuando se neutralizan unas, surgen otras”, advierte. El crimen aprendió a adaptarse.
De lo local a lo transnacional
A esta recomposición interna se suma otro factor: la llegada de estructuras internacionales.
El Tren de Aragua, originado en cárceles venezolanas, ya no es un fenómeno ajeno. Su presencia en Honduras responde a una lógica distinta: no busca visibilidad, sino control de economías ilícitas.
Extorsión, trata de personas, secuestro, narcotráfico. Todo bajo una misma red. Su expansión se mueve con las rutas migratorias, se instala en los puntos más vulnerables y aprovecha la fragmentación local para consolidarse.

Territorios donde el Estado llega tarde
Mientras en las ciudades las células se reorganizan, en zonas rurales la disputa es más directa.
En Sulaco, Yoro, está el llamado “Cártel del Diablo”, protagonista de enfrentamientos recientes y operativos policiales. Ahí, la violencia no es constante, pero cuando aparece, deja huella.
Es control territorial, presencia armada y miedo. En ese mismo entramado también se mencionan estructuras como Los Ulloa y Los Hidalgo, grupos que operan con bajo perfil, pero con incidencia real en dinámicas criminales locales.
Zonas bajo presión
Los operativos se concentran hoy en puntos específicos:
- Choloma.
- Sectores bajos de La Lima.
- Sulaco.
Son territorios donde el Estado intenta contener, mientras las estructuras se adaptan. La violencia, en muchos casos, no se dirige hacia la población general.
Se queda dentro de las mismas organizaciones: disputas internas, ajustes de cuentas, reacomodos. Pero el riesgo está ahí, latente.
Un enemigo que cambia de forma
Honduras ya no enfrenta únicamente pandillas tradicionales. El escenario cambió.
Ahora el desafío es un entramado criminal que no depende de un solo líder, que no se desmorona con una captura y que, por el contrario, encuentra en cada golpe una oportunidad para reorganizarse.
Más pequeño, disperso, más difícil de detectar.
En Honduras, cada captura cuenta una historia… pero no siempre la que se quiere escuchar.
Porque mientras un cabecilla cae, otros ya están ocupando su lugar. Mientras una estructura se debilita, varias más se están formando en la sombra.
Y en ese ciclo que no se detiene, el país enfrenta una verdad incómoda: el crimen ya no necesita crecer para fortalecerse, le basta con dividirse.
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