La investigación concluye que el crimen organizado contemporáneo funciona como un sistema adaptable y transnacional
Un nuevo análisis internacional sobre el crimen organizado en América Latina y el Caribe coloca a Honduras dentro del radio de acción de algunas de las redes criminales más peligrosas del continente.
El informe “Redes criminales transnacionales en América Latina y el Caribe; tipologías, resiliencia y patrones de cooperación (2015-2025)”, elaborado por el Centro Internacional de Investigación y Análisis contra el Narcotráfico Marítimo (CIMCON), identifica 28 estructuras criminales de alto riesgo operando en distintos países de la región.
El documento no sitúa a Honduras como país de origen de estas organizaciones, pero sí lo ubica dentro de los territorios donde algunas de ellas operan o tienen influencia.
Pandillas y narcotráfico: las redes que alcanzan el país
Entre las redes mencionadas en el informe aparecen tres estructuras con presencia regional que incluyen a Honduras dentro de su alcance operativo: Barrio 18, la Mara Salvatrucha (MS-13) y el grupo narcotraficante guatemalteco conocido como Los Huistas. Según el estudio: se clasifican así:
- Barrio 18 opera en El Salvador, Honduras, Guatemala, México y Estados Unidos, con actividades asociadas principalmente a narcotráfico y extorsión.
- MS-13 mantiene presencia en El Salvador, Honduras, Guatemala, México y Estados Unidos, donde desarrolla extorsión, narcotráfico y sicariato.
- Los Huistas, originarios de Guatemala, figuran como una red vinculada al narcotráfico que se extiende entre Guatemala, México y Honduras.
Para los investigadores, estas organizaciones forman parte de un entramado criminal más amplio que conecta economías ilícitas a escala continental.
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El nuevo rostro del crimen organizado
El informe advierte que el crimen organizado en América Latina cambió radicalmente en la última década.
Las organizaciones ya no funcionan únicamente como carteles rígidos y jerárquicos. En su lugar, muchas evolucionaron hacia redes criminales flexibles y transnacionales, capaces de reorganizarse rápidamente frente a operativos policiales o capturas de sus líderes.
El estudio clasifica estas estructuras en tres grandes modelos:
- Jerárquicas, con liderazgo centralizado.
- Modulares, formadas por células independientes que cooperan entre sí.
- Híbridas, que combinan mando central con nodos descentralizados.
Narcotráfico y policriminalidad
Otro hallazgo del informe es que el narcotráfico continúa siendo el núcleo económico del crimen organizado en la región.
Sin embargo, cada vez más organizaciones combinan varias economías ilícitas para diversificar ingresos y reducir riesgos. Entre estas actividades se incluyen:
- Trata de personas.
- Tráfico de armas.
- Contrabando.
- Ciberdelincuencia.
- Lavado de activos.
Los investigadores llaman a este fenómeno policriminalidad, una estrategia que permite a las redes criminales adaptarse a los cambios del mercado ilícito global.
América Latina: el gran corredor hacia Europa
El documento también subraya que las redes criminales de América Latina construyeron alianzas con mafias y organizaciones del crimen organizado en Europa, África y Asia.
Estas conexiones transnacionales han convertido al eje América Latina-Europa en uno de los principales corredores del narcotráfico mundial, con rutas que conectan puertos y redes logísticas en ambos continentes.
Para los investigadores, estas alianzas transforman el crimen organizado en una estructura global, donde grupos de distintos países cooperan para mover drogas, dinero y otros negocios ilícitos.
Un fenómeno que trasciende fronteras
La investigación concluye que el crimen organizado contemporáneo funciona como un sistema adaptable y transnacional, capaz de aprovechar vacíos institucionales, debilidades estatales y nuevas tecnologías para expandirse.
En ese mapa criminal, Honduras aparece como uno de los territorios donde confluyen estructuras regionales que operan más allá de las fronteras nacionales.
Y mientras estas redes continúan mutando y fortaleciendo alianzas internacionales, el desafío para los Estados, advierte el estudio, es enfrentar un fenómeno que ya no responde a fronteras ni a estructuras criminales tradicionales.
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