el ‘Cártel del Diablo’ controla el miedo en Yoro

Asesinatos, desapariciones y amenazas mantienen paralizada a una comunidad que exige protección ante el avance del crimen organizado.

En Sulaco, municipio agrícola del departamento de Yoro, el miedo dejó de ser una sensación pasajera para convertirse en parte de la vida diaria. La escalada de violencia atribuida al grupo criminal conocido como el “Cártel del Diablo” transformó la rutina de sus habitantes.

Los asesinatos, las desapariciones y las amenazas ya no son hechos aislados: forman parte de una crisis de seguridad que mantiene en vilo a toda la comunidad.

En esta zona del norte de Honduras, el temor se instaló sin pedir permiso.

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Cártel del Diablo acciona cuando cae la noche, el pueblo se apaga

En Sulaco, la noche llega antes de tiempo. No por el reloj, sino por el miedo. Al caer el sol, las calles se vacían, los comercios bajan sus cortinas y las familias se refugian tras puertas cerradas.

Los vecinos relatan que las detonaciones interrumpen con frecuencia la tranquilidad y que, ante cada disparo, el instinto es apagar las luces y guardar silencio.

“Antes salíamos a conversar en la acera, ahora nadie se arriesga”, cuenta un poblador. “Aquí uno aprende a esconderse”.

Las visitas se cancelan, las reuniones se suspenden y hasta las rutas diarias cambian para evitar zonas consideradas peligrosas.

Cartel del Diablo
Radiografía de la violencia en Sulaco: asesinatos, desapariciones y reclamos ciudadanos evidencian cómo el crimen organizado mantiene sitiado al municipio. Diseño con IA.

Reacción comunitaria: exigir seguridad para sobrevivir

Frente al avance del crimen, la comunidad comenzó a organizarse. Juntas de vecinos y organizaciones civiles emitieron comunicados en los que exigen patrullajes permanentes, mayor presencia policial y coordinación efectiva entre instituciones.

La demanda es clara: no quieren operativos temporales, sino una estrategia sostenida que recupere el control del territorio.

Las familias aseguran que viven en constante tensión, pendientes de cada llamada, cada mensaje y cada rumor. Muchos padres temen que sus hijos crezcan atrapados en una espiral de violencia sin salida.

Los asesinatos que marcaron un punto de quiebre

El 8 de febrero de 2026 quedó grabado en la memoria del municipio. Ese día, Eduardo Sánchez Escoto, de 22 años, y Ernesto Getsel Valladares, de 24, fueron perseguidos y asesinados a balazos en el barrio San Juan Bosco.

Testigos relataron que ambos habían recibido amenazas previas y que los atacantes les dispararon sin contemplación. Las ráfagas sembraron pánico y obligaron a decenas de familias a encerrarse.

Cuatro días después, otro hecho estremeció a Sulaco: el cuerpo de Felipe Dubón, de 25 años, fue hallado sin vida en una zona rural, tras haber sido raptado en el municipio.

Aunque las investigaciones siguen en curso, las autoridades no descartan que ambos casos estén vinculados con la misma estructura criminal. Para los vecinos, la conclusión es clara: la violencia responde a un mismo patrón.

Cartel del Diablo
El pasado 8 de febrero de 2026, dos jóvenes: Eduardo Sánchez Escoto (22) y Ernesto Getsel Valladares (24, fueron perseguidos y asesinados a balazos en el barrio San Juan Bosco de Sulaco. Foto: redes sociales.

Desapariciones, amenazas y el silencio impuesto

Más allá de los homicidios, las desapariciones se han convertido en una herida abierta.

Familias buscan respuestas sin hacer ruido, temerosas de denunciar por posibles represalias. En Sulaco, hablar puede ser peligroso. Preguntar demasiado, también.

Algunos habitantes han optado por marcharse sin despedirse. Dejan casas vacías, parcelas abandonadas y negocios cerrados. Otros permanecen, aprendiendo a convivir con la incertidumbre.

“El que puede irse, se va. El que no, se aguanta”, resume un comerciante.

Una violencia que viene de años atrás

La crisis actual no surgió de la nada. En octubre de 2025, una pareja fue asesinada en la comunidad de Limones. Sus cuerpos aparecieron con una manta que decía “por sapos”, un mensaje interpretado como advertencia contra supuestos informantes.

El hecho fue atribuido al mismo grupo criminal y marcó una señal temprana del control territorial que buscaban consolidar.

Meses después, operativos en la aldea Mogotes permitieron la incautación de armas y la captura de presuntos integrantes. Sin embargo, los golpes no lograron desmantelar la estructura.

La organización resistió, se replegó y volvió a expandirse.

Una alerta que no puede ignorarse

Lo que ocurre en Sulaco es una señal de alarma para todo Yoro y para el país. Cada asesinato, cada desaparición y cada familia desplazada reflejan cómo el crimen organizado avanza cuando el Estado no logra consolidar su presencia.

Mientras el “Cártel del Diablo” continúe imponiendo su ley, el municipio seguirá atrapado entre el silencio, la incertidumbre y el miedo.

Y en medio de ese escenario, miles de hondureños solo esperan una cosa: volver a vivir sin temor en su propia tierra.

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