
Quince años después de la masacre de Tamaulipas, las familias de migrantes hondureños viven un duelo sin cierre, sin justicia plena, ni reparación.
La masacre de Tamaulipas no terminó el 22 de agosto de 2010. Para las familias de las víctimas, ese día se repite una y otra vez en la memoria, en el silencio, en la espera interminable de una explicación que nunca llegó completa. El tiempo pasó, pero el duelo no prescribió.
Las víctimas no eran números ni expedientes. Eran hijos, hijas, madres y padres que salieron de sus países empujados por la pobreza, la falta de oportunidades y la esperanza de cambiar el destino de quienes se quedaban atrás.
Quince años después, las familias siguen preguntándose por qué nadie respondió por sus vidas.
Masacre de Tamaulipas: “Me voy para que tengan una casa digna”
Marvin Leodan Euceda Aguilar salió de la aldea El Tamarindo, en Comayagua, con 22 años y una promesa sencilla: ayudar a sus padres a mejorar su casa.
Creció trabajando la tierra, sembrando maíz y cuidando cafetales junto a su padre. Migrar no era un sueño, era una necesidad.
Desde México logró comunicarse una última vez. Pidió apoyo económico para seguir el camino hacia el norte.
Después, el silencio. Días más tarde, su familia enfermó sin saber por qué. La noticia de la masacre de Tamaulipas comenzó a circular, pero Marvin no aparecía en ninguna lista.
Pasaron años de incertidumbre, búsquedas y trámites. Hasta 2018, una llamada confirmó lo que la familia temía desde hacía tiempo: Marvin estaba entre los migrantes asesinados.
El retorno de sus restos tardó meses. No hubo disculpas oficiales ni compensación. Solo quedó el vacío y una promesa heredada: otro miembro de la familia migró para intentar cumplir el sueño que Marvin dejó truncado.
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Infancias marcadas por la ausencia
Nancy Mariela Pineda Lacan dejó a sus dos hijos pequeños con la promesa de enviar dinero y reunirse pronto.
Avisó desde el trayecto, preguntó por los niños, habló de seguir rumbo al norte. Luego, nada.
La familia reconoció su rostro en imágenes que nunca debieron circular. Recuperar su cuerpo fue un proceso largo y doloroso.
El golpe más fuerte lo recibieron sus hijos. Uno de ellos, siendo apenas un niño, expresó deseos de venganza.
Fue necesario buscar ayuda psicológica para contener un dolor que no correspondía a su edad.
Años después, ese mismo hijo logró migrar. Llamó a su abuela y le dijo que su madre no lo logró, pero él sí. El camino fue duro. La masacre de Tamaulipas seguía siendo una sombra en su historia.
Un crimen que el tiempo no cerró
A quince años de la masacre de Tamaulipas, las familias no piden olvido ni discursos conmemorativos.
Piden respuestas. Piden justicia. Piden reparación. Piden que sus muertos no sigan siendo una estadística incómoda.
Mientras no haya verdad plena ni responsabilidades claras, el duelo seguirá abierto. Y las voces de quienes perdieron a los suyos seguirán recordando que detrás de cada migrante asesinado hubo una historia, una promesa y una vida que nunca debió terminar así.
El tiempo pasó. El dolor no.
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