
Exfuncionarios exiliados como Ebal Díaz se defienden en redes y afirman ser víctimas de persecución política, no de procesos por corrupción.
En Honduras empieza a consolidarse un discurso que no nace en los tribunales, sino en las redes sociales. Exfuncionarios en el exilio, antes ausentes del debate público, pasan a defenderse con una narrativa clara: no son acusados por corrupción, sino perseguidos políticos.
El objetivo, advierten analistas, no es solo limpiar su nombre, sino reconstruir legitimidad y preparar el terreno para volver.
“Se trata de un caso que no puede quedar en el olvido, porque implicó un perjuicio significativo al Estado hondureño. La investigación debe continuar y profundizarse para reunir más evidencia”, sostiene Kenneth Madrid.
El rostro más visible de este relato es Ebal Díaz, quien desde el extranjero intensifica su actividad pública.
En mensajes directos, Díaz negó cualquier responsabilidad penal y sostiene que no existe prueba alguna que lo vincule a delitos de corrupción.
A su juicio, las investigaciones impulsadas por el Ministerio Público responden a intereses políticos y no a criterios jurídicos.
Exfuncionarios: del expediente a la narrativa
El eje del discurso es reiterado: “no hay pruebas”. Díaz asegura que su nombre se utilizó para construir un caso político y que los señalamientos en su contra distorsionan su papel como funcionario.
El mensaje no busca debatir detalles técnicos de los procesos, sino cambiar el marco del debate: del expediente judicial al relato de persecución.
Para analistas políticos, esta estrategia responde a una lógica conocida. Al deslegitimar la motivación de las investigaciones, se intenta debilitar su impacto público y sembrar dudas sobre la imparcialidad del sistema de justicia, en un país donde la confianza institucional ya es frágil.
“Debe garantizarse una imputación que abarque toda la posible malversación de recursos públicos y cualquier otro delito que pueda configurarse a partir de los hechos”, explica Madrid.
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Un patrón que se extiende
La narrativa del exilio no se limita a un solo actor. En el análisis político aparecen otros nombres que, al igual que Díaz, permanecen fuera del país y enfrentan cuestionamientos públicos.
Entre ellos figuran Lisandro Rosales y Ricardo Cardona, cuyas trayectorias también están marcadas por señalamientos y por un progresivo intento de reposicionamiento.
Especialistas consultados coinciden en que no se trata de coincidencias. Hablan de un patrón discursivo: negar responsabilidad penal, denunciar persecución política y presentar el exilio como una consecuencia del clima político, no de procesos judiciales pendientes.
“Existen varias situaciones anómalas que deben ser claramente determinadas. Para ello, es indispensable que el Ministerio Público actúe con el profesionalismo requerido, porque solo un caso bien sustentado puede llegar hasta las últimas consecuencias”, señala Germán Leitzelar, analista.
El nuevo escenario y la idea del retorno
El contexto actual resulta clave. Con un nuevo gobierno y un reacomodo de fuerzas políticas, el discurso de persecución encuentra eco en sectores críticos del sistema de justicia y cansados de la judicialización selectiva.
Para los analistas, este momento es visto por algunos exfuncionarios como una ventana de oportunidad para reinsertarse en el debate público y, eventualmente, regresar al país bajo una narrativa de victimización.
Sin embargo, subrayan que el relato no borra los cuestionamientos ni sustituye los procesos legales.
Lo que está en juego es quién logra imponer su versión del pasado reciente y bajo qué términos se juzga.
“Estas son debilidades estructurales del sistema y deudas que la justicia arrastrará por no haber actuado a tiempo. Por eso es fundamental que la ley se aplique sin distinciones y que estos casos reciban el seguimiento que corresponde”, afirmó César Espinal, del Consejo Nacional Anticorrupción (CNA).
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Exilio, memoria y disputa por el relato
La batalla que hoy libran algunos exfuncionarios en el exilio no se desarrolla en juzgados, sino en el terreno simbólico.
Es una disputa por la memoria, por la interpretación de la corrupción y por el significado del exilio.
Mientras las redes sociales se convierten en tribuna y el tono del discurso se eleva, Honduras observa un pulso silencioso entre justicia y poder.
Un pulso que no solo definirá si estos actores regresan o no, sino qué tan dispuesta está la sociedad a revisar su pasado sin reescribirlo.