
La extorsión se mantuvo como una amenaza diaria para conductores del transporte público en 2025. Pese a operativos y discursos oficiales, el delito no cedió.
Cada jornada comienza igual para miles de conductores del transporte público en Honduras: encender el motor, salir a la ruta y cargar, además de pasajeros, el peso constante de la extorsión.
En el 2025, lejos de disminuir, el delito siguió marcando el pulso del sector, convirtiéndose en una de las grandes deudas del gobierno con quienes mantienen en movimiento a las ciudades.
No hubo anuncios triunfalistas desde las paradas ni celebraciones desde los buses. Si algo dejó claro el año fue que la extorsión continuó intacta.
Se alimentó por la impunidad y por la falta de cambios perceptibles para quienes viven bajo amenaza permanente.
Extorsión: un delito que no se fue del transporte
Para los dirigentes del sector, el balance es claro y sin rodeos. Gerardo Aguilar, dirigente del transporte, sostuvo que la extorsión sigue afectando de forma directa a los conductores, quienes continúan recibiendo amenazas de muerte por parte de grupos criminales.
“Es una situación que no se resolvió en el transporte público. Si hubieran cambios, seríamos los primeros en anunciar los resultados, pero nada cambió y la impunidad galopa. No vemos acciones concretas”, expresó.
Sus palabras reflejan una percepción compartida en las rutas: la extorsión no retrocedió y el miedo siguió viajando en el asiento delantero.
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Operativos sin resultados visibles
Durante 2025 se anunciaron operativos y estrategias de seguridad, pero en la práctica, según los transportistas, la extorsión no dio tregua.
Aguilar señaló que, pese a la presencia policial en algunos puntos, el problema no encontró solución y se mantuvo como un riesgo constante para quienes trabajan en el sector.
La rutina no cambió. Las amenazas siguieron llegando, los pagos continuaron exigiéndose y el silencio se impuso como mecanismo de supervivencia.
En ese escenario, la extorsión no solo golpeó los ingresos, sino también la tranquilidad de conductores y sus familias.
Cuando no hay avances, no hay anuncios
El dirigente fue enfático en un punto: si existieran resultados reales, el sector no los ocultaría.
“Si esto tuviera algún cambio positivo seríamos los primeros voceros en anunciarlo; desgraciadamente tengo que decir que esta situación no ha cambiado”, afirmó.
Esa ausencia de anuncios se convirtió, en sí misma, en una señal. La extorsión no disminuyó y el transporte público siguió operando bajo un esquema de riesgo permanente, donde cada recorrido podía convertirse en el último.
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La gran deuda: frenar la extorsión
Más allá de cifras o promesas, 2025 dejó una conclusión amarga: frenar la extorsión en el transporte público fue una tarea pendiente.
Para los conductores, no se trató de percepciones, sino de una realidad cotidiana que no encontró alivio.
El año cerró sin que la extorsión cediera terreno y con la sensación de que, una vez más, el delito avanzó más rápido que las respuestas del Estado.
Los buses continuaron circulando y los conductores regresaron cada noche a casa con la incertidumbre intacta.
La extorsión, lejos de ser un problema superado, se consolidó como la deuda más pesada del gobierno en 2025: una deuda que se paga todos los días, ruta por ruta, bajo amenaza y en silencio.
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