
Huyen de la violencia y la pobreza, pero el embarazo las alcanza en el camino. Hondureñas embarazadas enfrentan la maternidad en México sin acceso a salud ni protección estatal.
El miedo no se va cuando cruzan la frontera. Cambia de forma. Para las hondureñas embarazadas que viven su gestación en México, el temor no solo es ser detenidas o expulsadas, sino parir solas, sin médico, sin papeles y sin garantías.
Entre contracciones y trámites migratorios, su cuerpo se convierte en territorio de resistencia: dar vida mientras todo alrededor empuja al abandono.
Cada año, miles de mujeres migrantes atraviesan o quedan varadas en México durante el embarazo y el nacimiento de sus hijos.
Entre ellas, hondureñas que salieron huyendo de la violencia, del hambre o de amenazas directas, y que hoy enfrentan una maternidad marcada por la precariedad y la espera.
Hondureñas embarazadas sin acceso a salud
El sistema no está hecho para ellas. Sin documentos, sin recursos económicos y con miedo a ser denunciadas, muchas hondureñas embarazadas no logran ingresar a hospitales públicos, incluso cuando están a punto de parir o enfrentan complicaciones.
Es en ese vacío donde aparecen las redes de mujeres organizadas. Parteras, activistas y defensoras de derechos humanos se convierten en el único respaldo para quienes, de otro modo, quedarían completamente a la deriva.
“Somos un curita para una crisis humanitaria”, resume Ximena Rojas, partera y activista en Tijuana.
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Cuando la casa se vuelve sala de partos
En Baja California, la sala de Ximena dejó de ser solo una casa. Se transformó en un espacio de nacimientos para embarazos de bajo riesgo, ante la negativa de hospitales de atender a mujeres migrantes.
Ahí llegaron hondureñas embarazadas, haitianas, afganas y congoleñas, muchas con semanas de viaje encima y el cuerpo exhausto.
Ximena carga con historias que no se olvidan: bebés que no sobrevivieron por falta de atención oportuna y madres que no alcanzaron una cesárea a tiempo.
Pero también con la certeza de haber acompañado cientos de partos que, sin esa red, habrían terminado en tragedia.
Maternidad en tránsito: criar bajo reglas y encierro
Para las hondureñas embarazadas que logran parir, la dificultad no termina con el nacimiento.
La crianza ocurre en albergues donde el llanto puede ser sanción y el cansancio no tiene tregua.
El estrés parental se vuelve parte del día a día: reglas estrictas, hacinamiento y la amenaza constante de quedar fuera.
Desde el proyecto Bebé Bus, organizaciones como Centro 32 entendieron que no bastaba con hablar de “buena crianza”.
El enfoque cambió: primero sostener a la madre, aliviar la culpa y ofrecer espacios de descanso, juego y acompañamiento emocional en medio del caos migratorio.
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Racismo, violencia y silencio institucional
Los testimonios de las organizaciones revelan patrones de discriminación: por estatus migratorio, por color de piel y por idioma.
Ximena lo ha visto de cerca. “El sistema funciona distinto según quién seas”, dice, al recordar cómo mujeres blancas embarazadas cruzaban más rápido, mientras otras esperaban meses.
A esto se suman abusos, intimidaciones y extorsiones por parte de autoridades migratorias y cuerpos de seguridad.
Para las hondureñas embarazadas, el trayecto se convierte en una suma de violencias que impactan directamente su salud física y mental.
Entre el miedo y el parto, las hondureñas embarazadas siguen pariendo vida lejos de casa. No por elección, sino por supervivencia.
Mientras las fronteras se endurecen y las políticas fallan, son otras mujeres quienes levantan refugios invisibles: una sala convertida en paritorio, un abrazo que calma el trauma, una red que impide que la maternidad se viva en soledad. En medio del éxodo, parir también es resistir.